martes, 18 de agosto de 2009

El Dolor de la Fragmentación

La mayoría de las personas viven vidas fragmentadas. De hecho, la mayoría de las personas creen firmemente que están separados los unos de los otros y de todo lo que los rodea. Es una forma de entender la vida, un paradigma que surgió en algún momento de la historia humana cuando el pensamiento analítico imperó sobre el pensamiento holístico. Sin embargo, intentar entender la vida y sus procesos analizándolo todo es una forma bastante certera de fragmentarse y si esa fragmentación dura lo suficiente, entonces aparece el dolor, un dolor existencial de desamparo y soledad, de miedo frente a la magnitud del mundo allá fuera en comparación con nuestra propia pequeñez. Es un dolor que varía en intensidad de persona a persona y de momento a momento, a veces incluso pareciera desaparecer para regresar luego con más fuerza que antes.

Los conflictos son una consecuencia natural de ese dolor, asi como el deseo incontrolable de controlar tanto la vida propia como las de los demás. En un estado así se vuelve casi necesario controlar los actos, pensamientos, sentimientos y emociones, propios y ajenos. Se incluyen unos y se marginan otros en un acto desesperado para mitigar el dolor de sentirse vulnerable e indefenso ante lo que sucede en un mundo percibido como básicamente hostil y que pone en peligro la continuidad de la existencia propia. Y asi, algunas personas intentarán controlar a los demás, y otros intentarán controlarse a si mismos, tal vez para complacer a los primeros, o para pasar desapercibidos. De hecho, creo que la mentalidad de rebaño que exhiben muchas personas tiene que ver con eso de pasar desapercibidos ya que al no levantar olas, lo que intentan es controlar la propia supervivencia.

Sería muy sencillo para mi decir ahora que la solución para corregir este estado verdaderamente patético en que se encuentra la humanidad es simplemente parar de fragmentarnos y comenzar un proceso de integración y unión. Parece sencillo y quizás lo sea, todo depende de que tan intenso sea el dolor y lo adictos que seamos al mismo. Dicen por ahí que los cambios se hacen por necesidad o porque son atractivos. Sea como fuere, en este caso en particular el remedio es el mismo y puede hacerse tanto en solitario como en grupos y me refiero a procesar el dolor de la fragmentación utilizando la metodología de la democracia profunda y el trabajo de procesos creado por Arnold Mindell y sus colaboradores, tanto interna como externamente. No necesitamos entender el dolor (analizarlo), simplemente necesitamos darnos cuenta de su existencia, reconocerlo y aceptarlo como una voz más que quiere expresarse y que hemos marginado en un intento infructuoso de acallarlo y controlarlo. Se trata de volver a sentirnos íntegros, como uno solo, en mente cuerpo y espíritu. Ese es el comienzo de un viaje de exploración hacia lo que significa ser humano y verdaderamente demócrata.

El próximo paso en el viaje es abrir esa misma actitud de reconocimiento y aceptación del derecho a expresarse, ser escuchados y tomados en cuenta para que incluya también nuestro mundo externo más inmediato como nuestras familias y amistades. ¿Pueden ver por donde va la cosa? Democracia Profunda es eso, es reconocer y aceptar el derecho innato de todo lo que existe tanto dentro como fuera de nosotros, a simplemente existir en plenitud y libertad. Es un proceso, es profundo y al alcance de nuestras manos en el momento que decidamos que es hora de cambiar.

democraciaprofunda (arroba) gmail.com